El miércoles pasado fui a Narbona por varios motivos que mañana podré explicar en este mismo diario y viví una situación surrealista que necesito explicar hoy. Situémonos. Nueve de la mañana, estación de Sants. Cojo el TGV gestionado por SNCF que hace la ruta Barcelona-París y tiro la antigua Vía Augusta arriba con el objetivo de meterme una buena comilona al cabo de unas horas. La megafonía del tren, en un catalán lo bastante rosellonés y un castellano afrancesado, recuerda que es obligatorio el uso de mascarilla. Paramos en Girona, alguien baja y alguien sube. Paramos en Figueres y tres cuartos de lo mismo. Cuando atravesamos el túnel del Pertús y salimos de la oscuridad, justo por debajo del fuerte de Bellaguarda, recibo el típico SMS que me anuncia el cambio de red telefónica y el roaming en el extranjero. No es el único mensaje que recibimos los pasajeros del tren, sin embargo. De repente, un simpático trabajador de SNCF rojo como un tomate nos dice en francés que no hace falta mascarilla, haciéndonos el gesto de sacárnosla con la misma cara de liberación de quien se desabrocha un botón del cinturón después de una calçotada.












