Es un fracasado que pierde una elección tras otra, que tiene miedo a salir a la calle porque los españoles le pitan y abuchean, que tiene que ponerse de rodillas ante indeseables para gobernar y cuya más cercana familia está imputada por corrupción, pero nada de eso le afecta porque se cree un predestinado para liderar el mundo.
Sánchez es un fanático iluminado que cree firmemente que los dioses no le habrían dado la fuerza y la determinación para hacer lo necesario, caiga quien caiga y sin remordimiento, si no es para conseguir grandes objetivos.
Cree que los suyos son los rasgos de un rey absoluto y que él los posee más intensamente que el débil Felipe VI, que el suyo es un carácter especial para los que tienen grandes responsabilidades sobre pueblos enteros. Sus enemigos definen esos rasgos como "crueldad" y le llaman "despiadado", pero él prefiere llamarlos "realismo" y con ellos él puede encaramarse, sin problemas, hasta la cima del Estado. Se siente la persona apropiada para cambiar el mundo y cree que ningún imbécil, sea político, juez o comunicador, es capaz de quebrarlo.
Tiene la suerte de gobernar sobre un pueblo de cobardes que han perdido la dignidad. Los españoles, como pueblo, son una puta mierda porque soportan la tiranía, el expolio, la corrupción y el abuso de poder sin rebelarse.
También sabe que la única persona que le comprende y valora su fuerza es Begoña, de la que se siente enamorado, aunque más porque ella le admira y le empuja que porque despierte en él admiración o pasión alguna. Han sabido sustituir en su matrimonio el fuego por la ambición y el amor por la complicidad. Hoy son más "socios" que esposos, pero es lo que él desea y necesita para seguir escalando las cumbres del poder.