No es de extrañar teniendo en cuenta el comportamiento de los políticos, cuya obsesión por enriquecerse no les deja pensar con claridad, y es que algo así se veía venir, y más sorpresas que vamos a tener, sino al tiempo...
Cuando basas toda tu plataforma política en una fantasía sacada de una película de Disney, como lleva haciendo el mundo occidental en los últimos años, es inevitable que no logres tus objetivos y acabes recurriendo a medidas contradictorias, por no hablar de dosis ingentes de hipocresía.
No sé, por ejemplo, en el Mundial de Catar ha destacado Alemania en esa orgía de señalización de virtud en la que se han implicado todas las selecciones nacionales de nuestro mundo, con su brazalete «One Love» para que los LGTBI de este mundo sepan que los germanos se solidarizan con ellos frente a la tiránica represión catarí. Lo que no ha impedido en absoluto a Berlín firmar un contrato de suministro de gas a quince años con el emirato catarí.
Y es todo así, que con las cosas de comer no se juega. O, si se juega, se paga. Como con las renovables y nuestro odio jurado a los combustibles fósiles. Este verano vimos en California la apoteósis del absurdo verde cuando su gobernador, el «hiperwoke» Gavin Newsom, anunció que el estado prohibiría en pocos años la venta de coches de gasolina para, semanas después, pedir a los propietarios de coches eléctricos que no los usaran porque la red eléctrica no daba más de sí.