Publicado en Fb por "España es mi país":
Pepe, en silla de ruedas… y en el banquillo de los culpables
España tiene una extraña habilidad para convertir a las víctimas en sospechosos y a los delincuentes en protagonistas de un drama social con banda sonora de excusas.
Esta vez le ha tocado a Pepe.
Un hombre de 66 años, enfermo, en silla de ruedas. Es decir, justo el perfil que cualquier sociedad decente debería proteger sin matices, sin peros y sin debates de tertulia de sobremesa. Pero no. En la España actual, ni siquiera eso basta.
A Pepe intentan robarle en la calle. No en una película, no en un barrio perdido del mundo. Aquí. Hoy. En una ciudad española. Y Pepe, que no puede correr, que no puede defenderse con su físico, que no tiene escapatoria, hace lo único que le queda: defenderse.
El resultado es trágico. El agresor muere.
Y, como en una coreografía ya ensayada demasiadas veces, el foco deja de estar en el delincuente y se posa, implacable, sobre quien se defendió.
La España que protege al agresor y sospecha del débil
Aquí empieza lo verdaderamente inquietante.
Porque el mensaje que se lanza no es jurídico, es moral. Y es devastador: si te atacan, más te vale medir con exactitud quirúrgica tu reacción, no vaya a ser que el sistema decida que te defendiste “demasiado”.
¿Demasiado?
¿Demasiado para quién? ¿Para el que ataca? ¿Para el que roba? ¿Para el que decide que una persona en silla de ruedas es un objetivo fácil?
Pepe no tenía margen. No tenía alternativa. No tenía plan B. Tenía segundos. Y en esos segundos eligió no ser una víctima más.
Pero eso, en la España de hoy, parece necesitar explicación.
Legítima defensa… siempre que no incomode
Nos dicen que hay que analizar la proporcionalidad. Que hay que estudiar los hechos. Que la ley debe aplicarse con rigor.
Todo muy correcto. Todo muy técnico. Todo muy frío.
Pero hay una pregunta que nadie quiere formular en voz alta:
¿qué proporcionalidad se le exige a alguien que no puede ni huir?
La legítima defensa en España parece diseñada para ciudadanos ideales, no para situaciones reales. Para escenarios de manual, no para una calle donde un hombre en silla de ruedas es abordado por un delincuente.
Se le exige calma al que está siendo atacado. Precisión al que está en peligro. Moderación al que no tiene escapatoria.
Y mientras tanto, el delincuente —aunque muerto— sigue envuelto en ese extraño manto de comprensión que tanto abunda últimamente.
El país al revés
Lo que indigna no es solo el caso. Es lo que representa.
Una sociedad donde el delincuente tiene contexto, la víctima tiene que justificarse y el sentido común necesita permiso.
Hoy es Pepe. Mañana puede ser cualquiera.
Porque el mensaje es claro: si te defiendes, prepárate. No solo para el ataque, sino para el juicio social y, quizá, judicial.
Pepe no es el problema
El problema es un sistema que ha olvidado algo esencial: la ley está para proteger al ciudadano honrado, no para ponerlo en duda cuando decide no dejarse robar.
Pepe no buscó nada de esto. No salió a la calle a hacer justicia. Salió a vivir. Y se encontró con quien decidió que podía aprovecharse de su debilidad.
Se equivocó.
Y ahora parece que el que tiene que dar explicaciones es Pepe.
España no puede permitirse este modelo moral donde defenderse se convierte en un riesgo añadido.
Donde la víctima carga con la sospecha y el delincuente con la coartada.
Porque si eso se consolida, el mensaje final es aterrador:
no te defiendas… o atente a las consecuencias.
Domingo Martín

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