Publicado ne Fb por José Antonio Víctor Márquez:
Si seguimos dormidos, no hará falta que nadie nos empuje: llegaremos solos al desastre, con la tranquilidad del que cree que todo va “más o menos bien”. Porque ese es el truco: que parezca normal. Que el deterioro llegue poco a poco, envuelto en buenas intenciones y palabras bonitas.
Primero te dicen que hay que “proteger” a la gente. Luego que hay que “garantizar derechos”. Después, que el Estado debe estar en todo, decidir más, intervenir más, vigilar más. Y cuando quieres darte cuenta, ya no decides casi nada. Pero tranquilo, te darán una ayuda. Una paguita. Una compensación.
Algo para que no protestes demasiado.
Socializan la miseria, reparten dependencia y la venden como justicia. Y mientras tanto, la economía se asfixia, el esfuerzo deja de merecer la pena y el que levanta la voz empieza a ser señalado. No hace falta prohibir: basta con incomodar lo suficiente para que la gente se autocensure.
Y entonces aparece el relato: eres libre, pero dentro de un marco. Puedes opinar, pero con cuidado.
Puedes educar a tus hijos… siempre que no te salgas del guión. Puedes relacionarte… siempre que pienses “correctamente”. Todo muy moderno, muy tolerante, muy inclusivo… siempre que no discrepes.
Lo más inquietante no es que haya quien quiera dirigir la vida de los demás. Eso ha pasado siempre. Lo realmente preocupante es la facilidad con la que muchos aceptan que les digan qué pensar, qué decir y hasta qué sentir. Porque es más cómodo. Porque evita problemas. Porque “para qué complicarse”.
Y así es como una sociedad se va volviendo dócil. No de golpe, sino por costumbre. Por cansancio. Por miedo a salirse de la fila.
Cuando todo depende del Estado, el Estado decide. Cuando todo se regula, alguien regula. Y cuando alguien concentra suficiente poder, la libertad deja de ser un derecho y pasa a ser una concesión.
¿Exagerado? Puede. ¿Imposible? En absoluto.
La historia está llena de sociedades que creyeron que eso “aquí no pasaría”. Todas tenían algo en común:
pensaban que aún estaban a tiempo… hasta que dejaron de estarlo.
El problema nunca empieza cuando ya es evidente. Empieza mucho antes, cuando la mayoría prefiere no mirar.

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