No voy a recordar lo que ha sido la campaña de las elecciones del próximo domingo. Entiendo que no es necesario, porque todos conocéis sus detalles: los mítines convertidos en Consejo de Ministros por el presidente Sánchez; la irrupción de Bildu, descarnada para quien hizo pactos con ese partido y aprovechada de forma oportuna y oportunista por la derecha; el desencuentro de las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE, que obligaron a Yolanda Díaz a un difícil ejercicio de funambulismo; el escándalo final de la compra de votos, que empezó en Melilla, continuó en localidades de Almería y Murcia, ensució la imagen de la democracia y nos transportó a las peores imágenes del siglo XIX y principios del XX; el suspense creado por las encuestas, que sitúan a varias ciudades y autonomías ante un posible empate técnico de los dos grandes partidos, o la intriga de saber si el domingo comenzará el cambio de ciclo con el que sueña el señor Núñez Feijoo...
Esto último se sabrá al cierre de las urnas, y me apresuro a decir algo: quizá el error de esta campaña ha sido plantearla en términos de “nacionalización”, palabra que usan muchos analistas; es decir, una estrategia más dirigida a la gobernación del país que al ámbito municipal y autonómico. Esto hace que las urnas tengan algo de plebiscito sobre el líder socialista y el conservador y que sean leídas, efectivamente, como unas primarias de las generales de diciembre. Ocurrió por primera vez en 1995: un mapa de España teñido de azul fue el primer aviso de la victoria de Aznar al año siguiente. No es seguro que ocurra en 2023.







