El próximo día 20, ya muy cerca, volveremos a vernos las caras en interiores. En algunos casos, conoceremos los rostros de nuestros alumnos, a los que hemos conocido con mascarilla. Parece mentira, pero personalmente espero el momento y tengo una cierta incertidumbre por ver cómo se comportan los niños y niñas, sobre todo los más pequeños ante esta nueva normalidad para ellos.
También se nos va a hacer raro a los mayores, estoy segura. Es sorprendente cómo somos capaces de adaptarnos a los cambios, incluso a los que nos complican la existencia y han demostrado incluso ser perjudiciales. Tragamos, unos encantados porque sienten que hacen lo debido, y otros a regañadientes encabronados por observar lo fácil que es imponernos comportamientos sin sentido.
Mientras en otros países de nuestro entorno llevan ya tiempo viviendo sin taparse el rostro, nosotros las hemos estado llevando hasta en el exterior siendo del todo innecesario y absurdo. Nos han obligado a comprar un producto que ahora se demuestra haber servido para que algunos listos se hayan forrado a manos llenas. Lo de siempre: se crea la necesidad, se impone y aparecen rápidamente los que saben cómo hacer negocio de ello.
Es importante saber que la ley no da potestad a los empresarios a establecer por su cuenta la obligatoriedad de la mascarilla.











